Uno de mis recuerdos estivales personales más antiguos es cuando iba con mi padre a alquilar libros a una biblioteca que sólo abría durante los tórridos meses de verano en el central parque zaragozano de Jose Antonio Labordeta (entonces llamado Primo de Rivera y conocido popularmente para todo maño como el Parque Grande). A la sombra de uno de los árboles que nos proporcionaban el amparo necesario para sobrevivir a la socarrina, descubrí, entre muchas otras, la dramática historia de Kino y su hijo Coyotito, y la existencia de una tribu indígena de Mexico que vivía de zambullirse a varios metros de profundidad  en las cálidas aguas del mar Pacífico, rastreando durante minutos el fondo marino, en busca de las ansiadas perlas. Todo ello en la estupenda novela de Steinbeck, La Perla.

Esta historia me fascinó, hasta el punto de que en mi próxima visita a la piscina municipal, traté de cruzarla  de lado a lado nadando en la profundidad,  tantas veces como pude, soñando que alguna vez sería capaz de ver esas maravillas subacuáticas en algún rincón marítimo del mundo, y quizá, quien sabe, también alguna perla.

Siempre me ha fascinado el agua, y más concretamente el agua del mar.

Mi primer recuerdo es el de los sonidos del mar en la Playa de la Barceloneta, cuando tenía alrededor de 3 años. Me casé a la orilla del mar en una Isla griega, y he hecho submarinismo junto a tiburones en Cuba.

Sin embargo, no me di cuenta de por qué estaba tan obsesionado con el mar hasta que leí el libro Mentes Azules , curiosamente mientras veraneaba en Menorca, en donde un biólogo marino (y no, antes de que preguntes, no era la Obregón) desglosa la extensa literatura científica acerca de los beneficios en calidad de vida, salud e incluso productividad que tiene estar cerca del agua. En este libro, el autor tira de estudios en Neurociencia y Psicología, mezclados con historias personales y casos de estudios reales, para subrayar cómo los atletas de élite, científicos y artistas utilizan la proximidad al agua como herramienta para mejorar el rendimiento, reducir la ansiedad e incrementar su éxito. Lo más interesante, para mí, fue descubrir que ciertas personas tienen una relación magnética con el agua, producto de generaciones y generaciones de contacto con el mar.

Está lectura hizo que me picara el gusanillo acerca de cómo estrechar incluso más esta atávica comunión con el mar y el agua. Recordé entonces (lo que tiene el Kindle, que te sirve de chivato para soplarte en que te has gastado tu tiempo de lectura en los últimos años) que en otras vacaciones leí otro libro acerca de la simbiosis entre hombre y mar, en este caso desde el prisma del deporte; un libro llamado Deep  en el que deportistas tratan de maximizar este puro contacto con el agua aguantando la respiración hasta niveles previamente inalcanzables por el cuerpo humano, de forma que puedan saborear durante más tiempo esa íntima e intensa relación entre el cuerpo humano, la mente y el agua. Recuerdo que espoleado por esta lectura, incluso vi un documental llamado No Limits, en el que se cuenta la historia de Audrey Mestre y por ende de estos buceadores colgados que practican apnea sin límite.

Las ventajas y beneficios de practicar el Buceo Libre o Apnea

Tengo que decir, sobre todo por si mi madre lee esto, que no tengo ninguna intención de practicar apnea sin límites, disciplina en la que se desciende sin propulsión hasta 100 m de profundidad y se utiliza un artilugio de flotación para subir a la superficie. Es el deporte más peligroso del mundo, y aunque me gusta probar cosas, no estoy tan pirado.

Lo que sí me interesa es prolongar la sensación de unión entre organismo y el agua cuando buceo, de una forma pura, sin necesidad de toda la abrumadora parafernalia que el submarinismo de bombona conlleva. Mi objetivo es poder permanecer más tiempo debajo del agua de forma activa, de forma que, como Kino en la novela de Steinbeck, pueda disfrutar del fondo marino durante más tiempo. Para ello, tengo que aprender dos cosas: apnea dinámica (en movimiento) y a aguantar la respiración por más tiempo.

Pero como siempre, al margen del valor personal y poético que he asignado a esta actividad, me preguntarás, para qué quieres aprender semejante tontería?

Cómo siempre, no hago las cosas por casualidad, algunos beneficios que la ciencia nos sugiere, sobre esta actividad:

  1. Capacidad para relajarse en las situaciones más extremas. En 2014 el Wall Street Journal escribió un artículo sobre cómo algunos deportistas que no tenían nada que ver con los deportes acuáticos (por ejemplo, snowboarders) estaban aprendiendo a aguantar la respiración bajo el agua. El objetivo es ser capaz de mantenerse relajado y controlar la respiración en momentos de máximo estrés. No sé tú, pero ser capaz de controlar los nervios antes de una presentación o ser esa persona que impone serenidad cuando los demás se dejan llevar por el pánico, me interesa.
  2. El reflejo de inmersión mamífero. Si no eres de la cuerda evangélica de los creacionistas americanos, sabrás que el humano proviene de los primates, pero lo que mucha gente no sabe es que las últimas teorías de la evolución humana parecen mostrar que antes de tirarnos caca y comer bananas en la Sabana, es probable que fuéramos mamíferos marinos. Esto tiene sentido si tenemos en cuenta que el ser humano tiene una capacidad para permanecer en el agua insospechada, capacidad que se sustenta en cambios fisiológicos que se han venido a llamar el reflejo de inmersión mamífero, y que ocurren tan pronto como sumergimos la cara en agua fría. Estos cambios fisiológicos (reducción de la frecuencia cardíaca en reposo, vasoconstricción periférica de los capilares) nos convierten temporalmente en un Indurain; una máquina de optimización del oxígeno en el organismo. Ni que decir tiene, como he dicho antes, que sales del agua más relajado que un funcionario a la vuelta de vacaciones, hasta el punto de que tus ondas cerebrales se asemejan a aquellas que se ven en monjes tibetanos dedicados a la meditación o pacientes con problemas de ansiedad tratados con elestroestimulación .

El caso es que armado mentalmente con este arsenal de argumentos, me apunté a un curso de buceo libre o freediving,  sin saber muy bien en que me estaba metiendo.

Entrenamiento de Buceo Libre

Por suerte, uno de los mejores instructores de este deporte en Inglaterra, Steve Millard, entrenador personal de varios medallistas de esta disciplina, opera en el norte del país, y tuvo a bien desplazarse a York (está basado en Manchester) para darnos clase a mí y otros cinco zumbaos como yo.

Steve haciendo de las suyas en el Mar Rojo

A modo de preparación, Steve nos mandó el manual y nos exhortó a realizar ciertos ejercicios de respiración abdominal de forma que pudiéramos aprovechar al máximo la capacidad pulmonar en la última inspiración. Para establecer nuestra base, debimos practicar de antemano cinco intentos de aguantar la respiración en la comodidad de nuestros hogares, con tres minutos de descanso entre ellos, cronometrarlos y tomar nota para que él los revisara el día del curso. Mi primer intento fue patético….42 segundos. En mi cabeza no podía entender el por qué de tal lamentable tentativa. Estoy en buena forma física y creo ser capaz de aguantar el dolor y la incomodidad. Releí los materiales y me di cuenta de que se ponía gran hincapié en la relajación previa. Así que decidí hacer una sesión de meditación de 15 minutos y volver a intentarlo. 1 minuto y 42 segundos. “No está mal”, me dije. Tercer intento: 2:35. Cuarto: 2:50. Quinto y ultimo: 3 minutos!!

Relajándose en la oficina doméstica

Relajándose en la oficina doméstica

Wow. Estaba orgulloso. Tres minutos sin respirar me parecía algo inalcanzable de antemano y lo conseguí sin ni siquiera haber empezado el curso!! Se me hinchió el pecho incluso más cuando, ya en la clase, en el decepcionante entorno de un salón-comedor encima de la única tienda de submarinismo de York que facilitaba el curso (lo que tiene vivir en una ciudad pequeña), Steve anunció que mi marca doblaba aquellas de los otros jóvenes  pimpollos que me acompañaban en el seminario. Sentí cierta aprobación en su mirada, esa aprobación tácita que surge entre varones que hace mucho que cumplieron los 20.

Porque Steve no tiene pinta de superhombre ni de comando. 1,65, tirando a regordete y bien entrados los 40, no parece ser el tipo de persona capaz de realizar portentos infrahumanos. Pero cuando se puso a enseñar entendí que el buceo libre, a pesar de ser un deporte tan impresionante, es una cuestión de control mental, no de capacidad física.

Lo primero que Steve enfatizó con bastante ahínco, es que siempre hay que practicar buceo libre con un compañero. En un deporte de riesgo como este, que tiene tan mala prensa, la obsesión por las medidas de seguridad es tremenda. El peligro del desmayo en aguas poco profundas es real y hay que tener mucho cuidado.

Lo que causa este síncope es la hiperventilación. La acumulación de CO2 en el organismo es la que nos obliga a respirar, no la carencia de oxígeno, como mucha gente cree. La hiperventilación trata de reducir los niveles de CO2 en el organismo y evitar ese mecanismo, lo que provoca que nos desmayemos antes de sentir  la necesidad de respirar con toda su virulencia.

Es por eso que Steve no recomienda realizar ejercicios de hiperventilación, sino respirar de forma relajada, cinco segundos de inspiración y diez de exhalación, por un máximo de 6 a 10 respiraciones. Nada de ejecutar este tipo de inspiración rápida con muy poca exhalación que se ve en algunas personas que intentan aguantar la respiración. Síntomas de hiperventilación son cosquillas en la punta de los dedos o sentimientos de euforia.

Ya en la piscina, Steve me recomienda tomármelo con calma, asumiendo que lo voy a petar. Me sugiere que empiece poco a poco (2 minutos para empezar) y siga de 30 en 30 segundos en cada intento. Sigo superando a mis compañeros, pero noto que en la piscina me cuesta más. Aunque el agua en la cara debería relajarme más que mi oficina, no puedo evitar sentir cierta ansiedad, y aunque Steve intenta que relaje mis hombros y mis piernas, no parece que pueda superarlo. 2:45 es mi mejor marca, y en mi último intento tengo que parar porque, a pesar del neopreno que llevamos, estoy tiritando de frío lo que no ayuda a mi rendimiento. Mi compañera, que empezó con minuto y medio, ya me ha alcanzado. Steve, aunque trata de animarme, no puede evitar mostrar cierta decepción. Parece que tendré que ponerme las pilas el próximo día.

Entrenamiento de apnea dinámica y la barrera de los 4 minutos

Al día siguiente voy motivado. He podido entrenar de forma poco consistente durante la semana, pero aún así mis marcas han crecido significativamente. Yendo a la oficina en uno de estos autobuses típicos de dos pisos de Londres,  y flipando al señor encorbatado que se sentaba al lado, consigo superar por primera vez la barrera de los 3:30, con un respetable 3:45. Considerando que el entorno, plagado de ruidos, movimientos bruscos, ausencia de ventilación, no es el más  idóneo, me siento con orgullo y preparado para acometer la clase de apnea dinámica.

Tras una clase donde Steve nos habla de las distintas modalidades de apnea deportiva, poniendo especial hincapié en las de inmersión (al fin y al cabo él se dedica a entrenar a atletas) pasamos a la piscina para entrenar apnea dinámica, el deporte que me proporcionará las habilidades necesarias para conseguir mi objetivo de permanecer más tiempo debajo del agua.

Lo primero que me resulta curioso es la longitud de las aletas en comparación con las normales. Mis pies parecen los de Fofito con retención de líquidos, y resulta difícil moverse en la angosta calle de la piscina que nos han reservado para los “freedivers”. Tras explicar los conceptos de salida y de cómo racionalizar los movimientos de nado para reducir el consumo de oxígeno, Steve me señala para que sea el primero en hacer una intentona. Me relajo, respiro profundamente cinco veces (5 segundos inspiración, 10 segundos exhalación)…y allá que voy!! La piscina es de 25 m con 5 m de profundidad. Noto que acabo en el fondo de esos cinco metros, lo que significa que no he seguido la trayectoria de profundidad uniforme que Steve nos ha recomendado. Otro reto es mantenerse en una trayectoria rectilínea con estas aletas…tenemos que pedalear con la pierna lo más recta posible, tirando de caderas y gemelos, algo a lo que resulta complicado de acostumbrarse cuando has practicado submarinismo o snorkelling con anterioridad. Aún así consigo hacer dos largos sin subir a la superficie, 50 m, algo que ninguno de mis compañeros consigue.

Aleta Apnea

Pedazo de aleta!!

A Steve se le ve contento con mi progreso, pero como siempre tiene muchas correcciones que hacerme. Debo permanecer lo más enhiesto posible, pero relajando los hombros y con los brazos a los costados. No tengo que obsesionarme con llegar al otro lado de la piscina, sino concentrarme en optimizar mis movimientos. Su veredicto es claro; con un poco de entrenamiento hacer 100 m sería sencillo para mi (llegué a 65 en mi último intento). Con esta nueva capacidad para aguantar la respiración durante 4 minutos, y nadar bajo el agua a lo largo de casi 100m, mi ilusión de emular a Tom Cruise en la última entrega de la franquicia de Misión Imposible está más cerca de lo esperado:

 

Conclusión

Aguantar la respiración durante 4 minutos, algo muy por encima del promedio habitual del ciudadano de a pie, entre 30 segundos y 2 minutos, es algo que se puede conseguir con entrenamiento de forma sencilla. En media hora de ensayos, me puse en 3 minutos sin despeinarme. En el agua, la cosa cambia. La ansiedad, el peligro, el instinto de supervivencia, elevan tu ritmo cardíaco, haciéndolo más difícil. Aún así, recorrer más de 50 metros bajo el agua es perfectamente posible, incluso para alguien como yo que ya pasa de los 40.

En general, la experiencia ha sido muy enriquecedora. La satisfacción de superar al 90% de la población con sólo un par de días de entrenamiento es inigualable. Sin embargo, ésta no deja de ser superficial. El verdadero gozo de aprender esta disciplina y habilidad es el horizonte de nuevas experiencias que nos abre. La capacidad de disfrutar por más tiempo de la belleza subacuática, volver a los orígenes de la especie por unos segundos, es un placer al alcance de unos pocos. Te hace sentirte como un superhombre y encima es gratis. Qué más se puede pedir?