En otras entradas he aludido a mi situación física cuando entré en la Universidad, a mis tiernos 18 añitos, y lo de tierno no es metafórico. Con 58 kilos de peso y 1.70 de altura, mi semejanza con un corredor de fondo etíope me hacía ser pasto de burla de mis amigos, que me cantaban con cierta sorna aquella famosa canción de Los Burros, “Huesos”.

Gracias a cultivar el deporte de la musculación, pasé de 58 a 65 kilos en algo menos de dos años, y a excepción de aquellos años de plenitud física, a mitad de los 20, cuando me puse en 72 kilos de puro acero (y no, no el “acero, gordo y blando” de Super López) en esos 65 kilos me he quedado, kilo arriba, kilo abajo, por el resto de mi vida.

Con el auge de las películas de super héroes, en la última década, desde que se produjo la descomunal transformación de Hugh Jackman en el primer largometraje de los Hombres X, hemos visto a actores de Hollywood de todo pelaje, raza, tamaño o edad, convertirse en bestias pardas, con unos hombros y pectorales que ríete de Popeye comiendo espinacas con nandrolona. Sin ir más lejos, Ben Affleck, a sus 43 tacos, se puso en más de 100 kilos con 8% de grasa corporal para la última peli de Batman. Alguno dirá que con 1.95 de altura, Affleck, a pesar de su edad, ya tenía buena percha a la que añadir músculo. Otro ejemplo, menos dotado quizá, fue Tobey Macguire, que pasó de ser un “fofiflaco”, a estar fibrado en la primera adaptación moderna de Spiderman (la mejor, que lo sepas) de Sam Raimi en 2002. Claro, que en aquel entonces Tobey, de 1,73 tenía 26 años, más o menos la edad de plenitud muscular de cualquier varón.

Al margen de todas estas variables, edad, altura, etc, está el inevitable hecho de que estos actores hollywoodienses tienen a los mejores preparadores físicos que se pueden comprar. Además, estos actores no tienen que currar en una oficina de 9 a 18 y sus obligaciones personales se cubren con la ayuda de un ejército de asistentes personales tremendamente bien remunerados. Sólo tienen que preocuparse de entrenar.

Una constante en los programas que estos entrenadores personales de élite plantean es un volumen de trabajo físico exacerbado. De 2 a 3 horas diarias de trabajo de musculación, cardio, estiramientos, comer cada dos horas…Vamos, algo imposible de llevar acabo para el hombre de a pie.

A donde quieres ir a llegar, Oscar, te preguntarás, esto es un tocho de preámbulo

Lo que quiero plantear como experimento es, averiguar si, armado con el conocimiento de la ciencia deportiva a mi alcance,  es posible, a mis 40 tacos y 1,70, y estando más liado que la pata de un romano, añadir 8 kilos de peso a mi cuerpo sin añadir grasa.

Obviamente, sin ayuda de esteroides (le tengo mucho aprecio a  mis gónadas) ni entrenadores personales (no me va mal, pero no tengo intención de pagar los $799 por tres días que el  preparador de Ben Affleck cobra), y con una fecha tope, 9 de Julio de 2016.

Casi nada.

Hay muchas dificultades en mi camino para conseguir ese objetivo, aquí listo unas pocas:

  • Herencia genética. No es casualidad que pesara 58 kilos a mis 18 años. Mi padre no era un hombre fornido, le costaba ganar peso y cuando lo hacía era principalmente grasa localizada en el abdomen. Nadie en mi familia es especialmente fuerte. Se ve que estamos diseñados para correr o para pensar, no para luchar.
  • Edad. La sarcopenia es la pérdida de masa muscular que viene con la edad. Todo varón empieza a perder del 3% al 5% de su masa muscular cada 10 años a partir de los 30. Como he dicho, yo los 30 ya no los cumplo…
  • Tiempo y estrés. Tengo una agenda repletita. Viajo todas las semanas, a veces tan lejos como a los Estados Unidos, tengo un equipo de 30 personas, 12 de ellos de directa responsabilidad, y estoy metido en todo tipo de ajos. Además el estrés produce cortisol, que es una hormona eminentemente catabólica (que te hacer perder músculo, vamos) . Cuanto más estrés, menos músculo.

Para ello tengo que encontrar algún tipo de atajo brutal, simplificar al límite y maximizar aquellas actividades, suplementos o alimentos que elija para conseguir mi objetivo.

La respuesta parece estar en el protocolo de entrenamiento muscular de alta intensidad de que popularizó Mike Mentzer en los 80, con el advenimiento de las máquinas de gimnasio Nautilus. El protocolo se basa en pocas series (de 1 a 3) por músculo, ritmo lento (de 10 a 20 segundos por repetición), intensidad total (no sólo llegar al fallo, pero machacarte para mover el peso todo lo que puedas, incluso cuando no puedas más) y una periodización infrecuente (uno o dos entrenamientos a la semana).

Esto cumple todos mis requisitos: tengo que ir al Gimnasio poco y las ganancias, en teoría, son espectaculares.

Y digo en teoría porque ya probé una variante de este protocolo tras leer El Cuerpo Perfecto en 4 horas, de Tim Ferris. En dos de los capítulos de su libro, Ferris describe cómo consiguió ganar más de 10 kilos en un mes utilizando una variante de este programa. Cuando lo leí, ávido como estaba de progresar, intenté aplicar el modelo… pero no conseguí ninguna mejora. En retrospectiva, tengo que admitir que no seguí a rajatabla algunos preceptos: aunque forzaba la repetición hasta lo que yo creía es el límite, en teoría tenía que llegar a extremos de sufrimiento, y desde luego no comí ni la mitad de lo que se recomendaba. Esto último tiene una explicación: Ferris hizo este experimento a los 27 años, cuando el metabolismo corporal está en su máximo nivel de eficiencia, en mi caso, con 40, me preocupa ponerme hasta arriba de comida y ganar grasa corporal. Una de las cosas de las que más me enorgullezco es la de tener 6 abdominales definidas a pesar de mi edad.

Y tu me preguntarás, “y esto pa’ qué”. Pues para empezar el hecho del reto en sí, y de la posibilidad de aprender acerca de los límites de mi organismo, y por extrapolación de cualquier otro. Pero además, porque el entrenamiento de fuerza y musculación si se ejecuta correctamente, y el incremento de la masa muscular por ende, proporciona una variedad tremenda de beneficios, que afectan a prácticamente a todo marcador de salud conocido. Los subsistemas metabólicos que se requieren para mantener una mayor musculatura aumentan en su capacidad funcional, de forma directamente proporcional al tamaño de los músculos que los necesitan. Vamos, que con más músculo se quema más grasa sin necesidad de hacer ninguna actividad física, simplemente en reposo, lo que se llama metabolismo basal.  Cuanto más te acerques a la cúspide de tu potencial muscular, más optimizas el potencial de este sistema metabólico o “sistema de apoyo.”  La ratificación empírica de estos beneficios es extensa. Más músculo supone un mejor procesamiento de materiales de desecho, mayor oxigenación de la sangre, control de los niveles de insulina, optimización de la densidad mineral ósea, el aumento de la tasa metabólica como ya he dicho, reducción de los niveles de grasa corporal al margen de esta tasa metabólica, la optimización de la capacidad aeróbica (sí, paradójicamente incluso tanto como haciendo cardio), la mejora de la flexibilidad, y reduce de manera apreciable las posibilidades de lesión, mientras que al mismo tiempo te permite realizar las tareas diarias con mucho menos desgaste y estrés en el cuerpo. Todos estos beneficios para la salud provienen del desarrollo y el fortalecimiento de los músculos. Convencido?

En la segunda entrega, explicaré por qué he decidido darle a este protocolo una nueva oportunidad a pesar de que, cómo dice el refranero, “sólo el hombre tropieza dos veces en la misma piedra”. La verdad es que, tras el protocolo de Mike Mentzer y el reduccionismo y la simplificación de Ferris, hay una extensa masa de trabajo científico que parece demostrar que éste podría ser el programa de entrenamiento muscular más completo y efectivo. Al utilizarme a mi mismo como conejillo de Indias, descubriremos si es el caso.